Archivo Médico de Camagüey 2003;7(1) ISSN 1025-0255

 

 

Instituto Superior de Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”. Camagüey

 

 

CULTURA Y TRADICIÓN. LOS ALTARES DE CRUZ O FESTIVIDAD DE LA CRUZ DE  MAYO

 

 

Lic. Silvia Argilagos Sánchez*; Lic. Aleftina Primelles**

 

 

*  Profesor Instructor. Instituto Superior Ciencias Médicas Camagüey

**Profesor Asistente. Instituto Superior Ciencias Médicas Camagüey

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Este trabajo pretende rescatar tradiciones que pertenezcan a nuestro patrimonio para lograr revertirlas, lo que permite la adquisición de valores que desarrollan el sentido de pertenencia e identidad nacional de las nuevas generaciones.

Entrevistamos a descendientes de familias oriundas de Puerto Príncipe.

Revisamos y consultamos bibliografía de la época (1864-1944) y actualizada en el desarrollo de la formación de valores.

La investigación ha permitido desarrollar una actividad educativa  sustentada en una plataforma de valores, elevando el nivel de motivación en las clases al hacer que los estudiantes se pongan en contacto con la historia y las tradiciones y con ello contribuir  al movimiento de rescate de nuestro patrimonio.

El trabajo hace posible reconocer el papel fundamental que juega la cultura en la formación de valores, con el fin de formar los profesionales integrales y revolucionarios que necesita nuestra universidad de hoy.

 

 

DESARROLLO

 

La riqueza cultural de la nación cubana es la reserva más importante que pueda garantizar la permanencia  de los principios  fundamentalmente del proyecto nacional en las nuevas condiciones  del país por su inserción dentro del mundo actual, lo que ha generado un sinnúmero de transformaciones cuyas  bases se sustentan en la defensa  de nuestra identidad.

La preparación espiritual del hombre para vivir y saber apreciar el manejo positivo de nuestro entorno, así como descifrar el verdadero sentido de cualquier imagen estética se convierte en un valor cuando el hombre conoce sus orígenes, costumbre, leyendas y tradiciones, desarrollando su sentido de pertenencia, el apego a su propia identidad.

El gran pensador español Don Miguel de Unamuno dijo: “La base de la personalidad colectiva es la tradición”.

 

La tradición es el mensaje de las generaciones pretéritas a las generaciones actuales y futuras. Hablar de tradición es hablar de algo profundamente sentido por el pueblo, es remontarse a acontecimientos a veces imprecisos que se pierden en la noche del tiempo para dar expresión a un anhelo de alto contenido espiritual.

De tal manera surgen estas narraciones, una fusión del sueño y la realidad del hombre, a través de las cuales redescubrimos y meditamos sobre los más sutiles valores morales y espirituales, sin dejarnos arrastrar por vanos comentarios sociales que faltos de coherencia y fundamento tergiversan totalmente nuestro rico acerbo cultural.

 

La educación en valores es una necesidad de la escuela cubana de estos tiempos, cuyo objetivo es formar al futuro profesional cubano con condiciones acordes a nuestra sociedad. Es por ello que para lograrlo debemos prestar gran atención al aporte que la cultura nos brinda para la formación y  desarrollo de los valores con sus funciones comunicativas, educativas, ideológicas y prácticas transformadoras.

 

Destacar nuestras tradiciones es un medio eficaz para contribuir a la formación y desarrollo de valores socio - culturales en el apego a nuestra identidad nacional. Además incentivamos a las generaciones a encontrarse con su verdadera historia con sus orígenes porque no se puede amar lo que no se conoce y mucho menos defender lo que no se ama.}

 

Los Altares de Cruz o festividad de la Cruz de Mayo eran fiestas que se celebraban en Puerto Príncipe a mediados del siglo XIX (1858). Estas celebraciones comenzaban desde mayo y se extendían hasta el 31 del propio mes. Era una tradición de alto contenido popular, vivo reflejo de la idiosincrasia de la naciente sociedad cubana y de sus ancestros andaluces. En esos días la ciudad vivía momentos de intensa actividad y regocijo motivo de reuniones familiares, encuentro de amistades, era una auténtica fiesta del hogar.

 

La fiesta se centraba en un altar que se colocaba en el centro de la gran sala de la vivienda. Este se adornaba con cirios, y bellísimas flores que en el mes de mayo abundaban y alcanzaban su mayor esplendor  en los patios principeños. En el suelo y sobre una alfombra, jícaras o bandejas, según los cambios que las distintas épocas impusieron, brindaban a la concurrencia innumerables frutas, muchas de ellas autóctonas de nuestro país, entre las que se encontraban: platanitos, naranjas, piña, corojos, guayabas, mameyes colorados, mangos, ciruelas, manzanitas rosas, etc. La fragancia de las flores y las frutas llenaban la sala de un cálido y especial aroma.

 

Se colocaban búcaros, porcelanas, estatuillas como adorno, lo que se llamaba altar nunca estaba adornado ni con la cruz cristiana ni con ninguna imagen o estampa religiosa, era una fiesta social sin matiz religioso.

 

El baile comenzaba exactamente a las 8 de la noche para terminar invariablemente a la media noche, hora en que se apagaban  las pocas farolas del alumbrado público. Ante de la media noche  en el comedor de la morada se servían dulces. Como bebida algún que otro vino dulce y a finales de siglo alguna que otra cerveza.

 

Poco antes de terminar el baile, una joven escogida de antemano hacía acto de presencia portando una linda moña de la cual colgaban dos cintas de color morado o rojo de al menos medio metro de largo y de forma sorpresiva la prendía a la solapa de uno de los caballeros, el que sorprendido agradecía el gesto y con ello tenía la obligación de organizar la próxima fiesta, lo cual implicaba buscar la casa, costear la música, el alumbrado y todos los demás gastos  del próximo baile. Estaba  terminantemente prohibido anunciar el nuevo padrino sin antes enmoñarlo. Posteriormente él a su vez escogería mediante envío de un broche lujoso quien lo acompañaría en la fiesta y sería la madrina de la próxima celebración.

 

Con la aparición del nuevo siglo y la neocolonia, esta tradición fue perdiendo auge hasta quedar olvidada en las sombras de la época colonial, pero no así, en los corazones de los camagüeyanos, que como nosotros trabajan para rescatar aquello que rememora nuestro glorioso pasado, y la profunda vena folklórica de nuestro suelo, a fin de saturar la mente con las reminiscencias del ayer lejano, venero perenne de belleza, espiritualidad y cubanía.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

1.        López Segrera F. Globalización, cultura y desarrollo. Onda No. 2. 1994: IS.

2.        González Rey F. Los valores y su significación en el desarrollo de la persona. T15. 1998:5

3.        Pérez de Lama A. Festividad de la Cruz de Mayo o Altares de Cruz. El Camagüey legendario. 1940.p.  44, 94.

4.        Fondo Jorge Suárez Cano. Anales 1864-67. Carpeta 22.

5.        Archivo Histórico Provincial de Camagüey. Folleto “ Los Altares de Cruz” 1861.

6.        Periódico Fanal de Puerto Príncipe. 5 mayo de 1864. 2.